-Si vivo de la caridad, hermano, como parece que vive usted, mal se acomodaría a mi persona el no querer hacerla cuando algún semejante me la invocare.
El hombre de la flauta se quitó el bonete con el que se tocaba y se pasó la mano por la calvatrueno.
-Ésas son las palabras que yo quería oír, hermano, que ando en un apurejo del que usted me puede sacar y por ca-
ridad he de pedirle que lo haga. -Pues usted dirá, y sepa que si cae en mis posibles ya lo tiene.
-Sí cae, y usted lo ha de ver. Que se trata de que ando a vueltas, desde anoche, con estas virutas de cabra y, como los huesos de mi boca no corren parejos con el hambre que mi boca tiene, no encuentro, por más que me las ingenio, manera de hacerlas pasar al vientre. ¿Tendría usted incon-veniente en masticármelas un poco? Le ruego que no se las coma, por aquello de que de lobo a lobo no se tira bocado, y se lo pido a usted por caridad y también porque no se vea nunca tan asqueroso y en ruinas como yo me veo. Dios se lo pagará si me lo hace y yo, que nada tengo, he de corres-ponder regalándole los oídos con un concierto de flauta de las más modernas y delicadas tocatas que se conocen.
El vagabundo, que se apiadó de quien con aquella mesu-ra hablaba, le masticó la cabra tan a conciencia que se la
Cela.
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