Claramente Hijos de la Ira es una obra triste, nihilista, terrible. Dámaso Alonso no da tregua. En su poema El día de los difuntos hay un fragmento terrible en el que se narra el peligro en que se encuentra un niño, un niños que ¿era él mismo?
¡No, no le conozco, no sé quién es aquél niño!
Ni sé siquiera si es un niño o una tenue llama de alcohol
sobre la que el sol y el viento baten.
Y le veo lejano, tan lejano, perdido en el bosque,
furtivamente perseguido por los chacales más carniceros
y por la loba de ojos saltones y pies sigilosos que lo ha de devorar por fin
entretenido con las lagartijas, con las mariposas,
tan lejano,
que siento por él una ternura paternal,
que salta por él mi corazón, de pronto,
como ahora cuando alguno de mis sobrinitos se inclina sobre el estanque de mi jardín,
porque sé que en el fondo, entre los peces de colores,
está la muerte.
(¿Me llaman? Alguien con una voz dulcísima me llama. ¿No ha pronunciado alguien mi
nombre?
No es a ti, no es a ti. Es a aquel niño.
¡Dulce llamada que sonó, y ha muerto!)

