viernes, 4 de marzo de 2016

IN VIGILANDO (*)



(La muerte de Ofeltes)
 

Tener hijos es una gran responsabilidad. Vienen al mundo gracias a nosotros y su alegría e inocencia manifiesta la fuerza de la vida. ¿Cómo no luchar para que su vigor no se agote en desastrado momento? ¿Cómo no preocuparse por aquello que les suceda? Los padres siempre se han esforzado en vigilar a sus retoños y así evitar descuidos que causen un desgraciado incidente, un “accidente” que casi siempre es perfectamente previsible, prevenible; nada accidental. Datos del INE (2012) afirman que en los menores de 2 años la primera causa de muerte y de lesiones graves son los “accidentes”. Además, y esto es lo más terrible, sólo el 14% de los padres consideran que el accidente se causó por su descuido o distracción frente al 46% que lo atribuyen al azar o casualidad. Esta idea debe cambiar para poder reducir la mortalidad. (1) (2)

Para ilustrar esta cuestión traemos la bella y desgraciada historia de Hipsípila, reina de Lemnos en la versión que nos da Boccaccio en su libro De mulieribus claris (Mujeres Preclaras) de 1361. Utilizaremos la versión en castellano de Paulo Hurus (1494). (3)


                                                                Boccaccio (1313-1375)



Introducción



Hipsípila, reina de Lemnos, tras agitadas peripecias debe abandonar a su padre e hijos y el devenir de sus aventuras la obliga, criada del rey Licurgo, a ser nodriza de su pequeño Ofeltes (también conocido como Arquémoro).



“ … Y así, yendo a buscar y visitar a su padre y a sus hijos, fue presa (Hipsípila) por corsarios y traída en cautividad y servidumbre. Y después de pasados muchos trabajos, fue presentada en don al rey Licurgo. Y tomó en cargo a Ofeltes niñito, hijo único de Licurgo. Y como estuviese puesta mucho en el servicio de aquel niño, como pasase la hueste de Adrasto, rey de los griegos, y de calor pensase perecer de sed, la cual (hueste) iba a Tebas, rogada por los de la hueste mostróles el río Langma, dejado su criado (el niño Ofeltes) entre las flores de la pradería. Y como preguntada por Adrasto le contase los casos pasados, conociéronla Eunoes y Tonates, sus hijos ya hombres que iban en la corte de aquel rey y en su hueste. Y como ella tuviese entonces esperanza de mejor ventura, halló a su criado muerto entre las hierbas, de golpe que le había herido una sierpe con la cola. Y así luego (inmediatamente), súbitamente con llantos y voces puso turbación en toda la hueste; por la cual y por sus fijos fue quitada a Licurgo, que de dolor estaba furioso y fuera de sí."
 






                                                      Funeral de Arxémoros (Ofeltes)



                                                            Hipsípila y Ofeltes
(Obra en madera de Johannes Zainer, Ulm, 1474. Ilustración para la obra de Boccaccio) 







domingo, 17 de enero de 2016

CASTIGADAS POSADERAS



"Niño de azotes" ó "whipping boy"

Esta mi bitácora  o  logaritmo, preferiría llamarlo así, en su más pura etimología frente al desaforado aunque ya sólito blogg(1) (en el que se adivina la misma raíz) nace de la experiencia saltatoria de mis lecturas. Sin reparo pasamos del mundo antiguo al moderno, sin cansancio del valle al monte.

El castigo corporal a los niños, hoy absolutamente descartado, (2) ha sido una constante histórica hasta ayer mismo; mi generación también la experimentó en forma de cinturones paternos y voladoras zapatillas maternas. (3)

Asumido como siempre fue el castigo infantil, las generaciones anteriores a las nuestras se encontraron con situaciones imposibles: ¿cómo castigar físicamente a quién es intocable?  ¿Quién golpea a un príncipe?

La solución infame, injusta y cínica viene de la sustitución, de los golpes por “poderes” o por “persona interpuesta”. Cuando nacía un príncipe (siglos XV y XVI) se le asignaba también un niño de su misma edad que pasaba a ser su “niño de los azotes”. Todo azote al príncipe se depositaba en su imagen, su alter ego, su auténtico chivo expiatorio. (4)

Hoy es el Quijote cervantino quién nos abre los ojos sobre la dureza de la vida para los niños en los siglos pasados.

En la Segunda Parte del Quijote, capítulo XXXV, los condes burlan a Alonso Quijano y Sancho Panza con una magna y espectral representación. Allí veremos como un falso Merlín exige al escudero reciba miles de azotes en sus nalgas para desencantar a Dulcinea, ahora trastocada en zafia labradora. En la indignada amenaza de D. Quijote a la negativa sanchesca encontramos la mención al maltrato infantil como uso común.

Λογαριάζω. Recuento, lista. Oxford Greek-English Dictionary. D.N Stavropoulos. Oxford University Press, 1988.



“…A ti digo ¡oh varón, como se debe

por jamás alabado!, a ti, valiente

juntamente y discreto don Quijote,

de la Mancha esplendor, de España estrella,

que para recobrar su estado primo

la sin par Dulcinea del Toboso,

al aire descubiertas, y de modo
es menester que Sancho, tu escudero,

se dé tres mil azotes y trecientos

en ambas sus valientes posaderas,

que le escuezan, le amarguen y le enfaden.

Y en esto se resuelven todos cuantos

de su desgracia han sido los autores,

y a esto es mi venida, mis señores.





–¡Voto a tal! –dijo a esta sazón Sancho–. No digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!

–Tomaros he yo –dijo don Quijote–, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió; y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma…

  – ¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que no hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el discurso del tiempo…” (5)


Nota. Niño de la doctrina: “niño del asilo”
 


Los azotes de Sancho Panza para desencantar a Dulcinea del Toboso.