Fresco Pompeyano. Eneas herido
En la Eneida de Virgilio tenemos una de las primeras descripciones de una cirugía de guerra, con la ayuda de un médico, una planta medicinal y una diosa, madre de Eneas. Sacada la punta de lanza del muslo de Eneas, ganará el combate singular con el latino Turno y dominará el Lacio. ¡Misión cumplida¡
LXXVII.
En tanto que con ímpetus furiales
Corriendo la campaña Turno hacía
En carro vencedor destrozos tales,
Bañado de la sangre que vertia
Van á Enéas llevando á sus reales
Fiel Acate y Mnesteo; compañía
Le da Ascanio, y él mismo en su asta larga
Cada segundo paso el cuerpo carga.
LXXVIII.
Roto el cabo, la punta que le hiere
El héroe trata de arrancar; se irrita
Su impaciencia; algún medio, aquel que fuere
Brevísimo entre todos, solicita:
Que abra los bordes de la llaga quiere
Ancha espada, y los senos que visita
Hondo el hierro, descubra; tal su ruego,
Y que á lidiar le restituyan luego.
LXXIX.
He aquí venido había a su presencia
Yápix, hijo de Yaso, aquel que Febo
Señaló con gloriosa preferencia:
Sí, que a él, estando aún tierno mancebo,
Comunicó sus dones y alta ciencia
El Dios, llevado de amoroso cebo;
De los agüeros enseñóle el arte,
Yen su cítara y arco dióle parte.
LXXX.
Mas él, que al caro padre desahuciado
Sólo pensaba en prolongar la vida,
De sanitarias plantas el callado
Estudio cultivó por escondida
Senda. En su lanza Enéas apoyado
Está, y a sordas brama, y de crecida
Juventud que le cerca, el vago espanto
Contempla inmóvil y del hijo el llanto.
LXXXI.
Remángase la veste el buen anciano
Al uso de Peon; y con discreta
En balde aplica y diligente mano
Hierbas divinas de virtud secreta;
El encarnado hierro tienta en vano;
Con tenaza mordaz tal vez lo aprieta.
¡Ah! no da el almo Apolo traza alguna,
Ni encamina el conato la Fortuna.
LXXXII.
Y ya el pavor invade el campamento,
Espantosa amenaza se aproxima,
En polvo se condensa el firmamento,
Tropel de caballeros se oye encima;
Y mil dardos y mil cruzando el viento
Van doquiera a caer, y ponen grima
Al par de combatientes y de heridos
Voces de rabia y de dolor gemidos.
LXXXIII.
Vénus, en tanto, del afan movida
Que el corazon materno le atormenta,
Díctamo coge en el cretense Ida—
Hierba que allí lozana se presenta,
De pubescentes hojas revestida;
Flores la cubren de color sangrienta,
Y pace de ella la silvestre cabra
Si cruda flecha su espinazo labra.
LXXXIV.
La raíz salutífera recata
Encubierta la Diosa en nube umbría,
Llega, y en modo oculto el agua trata
Que en limpísimos vasos puesta, hervia;
Virtud comunicándola, desata
El díctamo, y el zumo de ambrosía
Que las fuerzas vivífico recrea,
Esparce, y odorante panacea,
LXXXV.
Con esta linfa Yápix, que no sabe
La merced de la Diosa recibida,
Lava la llaga: al punto, pues, el grave
Dolor huye del cuerpo; en la honda herida
Restáñase la sangre; ya suave
Tras la mano la flecha no traída
Saliendo va; y el adalid doliente
Todas sus fuerzas reintegrarse siente.
LXXXVI.
«¡Armadle, armadle, que lidiar desea!»
Ante todos así Yápix inflama
El turbado concurso á la pelea.
«Y tú, ilustre caudillo,» luégo exclama,
«No pienses que este triunfo humano sea;
Mi arte, mi diestra nada obró: te llama
Fuerza más alta, voluntad divina
Que á mayores objetos te destina!»
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El término díctamo se refiere principalmente a un grupo de plantas aromáticas y medicinales que han sido valoradas desde la Antigüedad. La más común es el Díctamo de Creta (Origanum dictamnus). Es la especie más famosa históricamente. Es una planta perenne de la familia de las lamiáceas (pariente del orégano), originaria exclusivamente de la isla de Creta. Se consume tradicionalmente en infusiones por sus propiedades digestivas y cicatrizantes. En la mitología y la literatura (desde Aristóteles hasta Virgilio), se decía que las cabras salvajes heridas buscaban esta planta para expulsar las flechas de su cuerpo.
Eneida. Canto XII, versos 385 y siguientes
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