De cuando una palangana de hojalata y una pastilla de jabón lagarto bastaba para la higiene infantil.
Ignacio lo más lejano que recordaba era cuando su madre, Carmen Elgazu, los sábados, en Málaga, le sentaba dentro de una palangana, desnudo, con las piernas fuera, y con una esponja le frotaba todo el cuerpo. Ana María gozaba lo suyo imaginando las gotas resbalando por la diminuta columna vertebral de Ignacio.
Los cipreses creen en Dios. Jose María Gironela.
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