No solo esta reservado a Romeo y Julieta morir y ser enterrados juntos. Ni a los amantes de Teruel tampoco. El amor de un padre como el del sofista Evodiano de Esmirna nos sirva de paradigma.
Cuando se le murio su hijo en Roma, no profirio indignos lamentos mujeriles, sino que, tras gritar tres veces: «Hijol», lo enterró. Se moría él también, en Roma, y sus amigos, todos, se encontraban presentes discutiendo qué hacer con su cadáver, si enterrarlo allí mismo o transportarlo a Esmirna, embalsamado. Y Evodiano, levantando la voz, dijo: «No quiero dejar a mi hijo solo.» Así, les encomendó con claridad que lo sepultaran al lado de su hijo.
