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domingo, 8 de febrero de 2026

MELLIZOS

Le alegra ver a salvo la nave y ver a los compañeros recobrados, 
le da una esclava experta en las tareas de Minerva, es cretense,
de nombre Fóloe, con dos mellizos que a sus pechos cría.


Eneida,
V 285

domingo, 25 de mayo de 2025

ACÍBAR y DESTETE


Así se destetaba en el XIX.



"Por lo demás, todos habían pasado momentos muy amargos en aquel al que volvían la espalda; y los recuerdos tristes, a la larga, afean siempre en la mente los lugares que los suscitan. Y si estos lugares son aquéllos donde hemos nacido, hay quizá en tales memorias algo más áspero y punzante. También el niño, dice el manuscrito, reposa a gusto en el seno de la nodriza, busca con avidez y confianza el pecho que lo ha alimentado dulcemente hasta entonces; pero si la nodriza, para destetarlo, lo moja con ajenjo, el niño retira la boca, luego vuelve a probar, y finalmente se aparta; llorando, sí, pero se aparta."

Capítulo XXXVIIII. Alessandro Manzoni. Los novios.

jueves, 22 de mayo de 2025

LACTANCIA CAPRINA Y PESTE




Posiblemente sea este uno de los pasajes más impresionantes de esta novela-río que transcurre en el siglo XVII. El novio, en busca permanente de su amada la encuentra enferma en el lazareto de Milán donde se recogen los moribundos de la peste bubónica (*). Y allí se topa con esta sala de lactancia humano-animal. Leed. Huelgan comentarios. 


"Ya hacía un buen rato que el joven daba vueltas, y sin fruto, por aquel laberinto de cabañas, cuando, entre la variedad de los lamentos y la confusión de los murmullos, empezó a distinguir una mezcla singular de vagidos y balidos; hasta que llegó a una empalizada astillada y destartalada, de cuyo interior venía aquel sonido extraordinario. Pegó un ojo a una ancha rendija, entre dos tablas, y vio un recinto con cabañas diseminadas dentro, y, tanto en ellas, como en el pequeño campo, no la acostumbrada enfermería, sino niñitos yaciendo en colchonetas, o en almohadones, o en sábanas extendidas, o en edredones; y nodrizas y otras mujeres atareadas; y lo que más que nada atraía y hacía detener la mirada, cabras mezcladas con ellas, y convertidas en sus ayudantes: un hospital de inocentes, cual el lugar y el tiempo podían darlo. Era, digo, cosa singular ver algunas de aquellas bestias, en pie y quietas sobre este o aquel niño, darles de mamar; y alguna otra acudir a un vagido, como con sentido maternal, y pararse junto al pequeño alumno, y procurar colocarse encima de él, y balar, y agitarse, como llamando a alguien para que acudiese en ayuda de ambos. Aquí y allá estaban sentadas nodrizas con niños al pecho; algunas con tal actitud de amor, como para hacer dudar al espectador si habían llegado a aquel lugar atraídas por la paga, o por esa caridad espontánea que va en busca de las necesidades y los dolores. Una de ellas, muy acongojada, apartaba de su pecho exhausto a un pobrecillo sollozante, e iba buscando tristemente el animal que pudiese sustituirla. Otra miraba con ojos complacidos al que se había quedado dormido en su pecho, y después de besarlo tiernamente, iba a una cabaña a depositarlo sobre un colchoncito. Pero una tercera, abandonando su pecho al lactante ajeno, con cierto aire, no de descuido, sino de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿en qué pensaba con aquella actitud, con aquella mirada, sino en uno nacido de sus entrañas, que, quizá, poco antes había mamado a aquel pecho, que quizá había expirado sobre él? Otras mujeres más ancianas se ocupaban de otras tareas. Una acudía a los gritos de un niño hambriento, lo cogía y lo llevaba al lado de una cabra que pacía en un montón de hierba fresca, y se lo ponía en la ubre, riñendo al inexperto animal y acariciándolo a la vez, para que se prestase dulcemente a su oficio. Ésta cogía a un pobrecillo, al que una cabra muy ocupada en amamantar a otro, pisaba con una pata: aquélla llevaba de acá para allá a uno suyo, acunándolo, tratando, ora de dormirlo con el canto, ora de calmarlo con dulces palabras, llamándolo por un nombre que ella misma le había puesto. Llegó en ese instante un capuchino de barba blanquísima, llevando dos niños que chillaban, uno en cada brazo, recién cogidos junto a sus madres muertas; y una mujer corrió a recibirlos, y buscaba con la mirada entre el grupo y el rebaño, para encontrar en seguida quien hiciera las veces de madre."


Capítulo XXXV. Los novios. Alejandro Manzoni.





El Lazareto en 1860 (hoy derruido).



sábado, 24 de agosto de 2024

PERMISO DE LACTANCIA


En la novela de Emilia Pardo Bazán, La tribuna (1883), que relata la vida de las cigarreras en la fábrica de tabacos de La Coruña y durante los años de La Gloriosa de 1868, vemos la vida de estas trabajadoras afanosas. Y no nos sorprenden la dureza de sus horas de trabajo, sin permisos de lactancia ni otras ventajas del siglo XXI. 
Se trata de la primera novela de tema obrero de la literatura española y es considerada primer ejemplo del naturalismo a lo Zola.
En el capítulo XI podemos leer:


Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda: apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, rebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas, que quedaron confiadas al cuidado de una vecina; en el recién, que llorará por mamar, mientras a la madre la revientan los pechos de leche... Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse. La que tiene buen pelo lo peina con esmero y gracia, que para eso se lo dio Dios; la que presume de talle airoso se pone chaqueta ajustada; la que sabe que es blanca se adorna con una toquilla celeste.