viernes, 30 de julio de 2021

"ECOGRAFÍA FETAL" EN EL ARTE SACRO







La catedral vieja de Salamanca (*) está adornada de un impresionante, magnífico retablo, que muestra numerosas imágenes del Nuevo Testamento. Una de ellas es La Visitación de la Virgen (*) a su prima Isabel. Además de la bella y detallada factura de cada una de las escenas, todas con intención didáctica para las buenas gentes iletradas de entonces, podríamos considerar que en esta tabla se nos muestra la que puede ser considerada como la "primera ecografía fetal" de la historia del arte. Mucho antes de la inaugural ecografía fetal médica del Dr. Ian Donald (*) podemos ver el dibujo en cada uno de los vientres de las dos gestantes del fruto que portan en su interior. 
En el útero de María se ve a Jesús de pie y en actitud de bendecir a su primo Juan el Bautista que recibe arrodillado el bendito saludo.

¡Sagaz intuición del artista que se adelantó siglos a la iconografía obstétrica¡

jueves, 29 de julio de 2021

¡ UN NIÑO EN EL POZO¡ ¡SOCORRO¡



Los accidentes (*) en la infancia son en muchos casos perfectamente evitables, hasta el punto que en realidad no serían verdaderos accidentes sino más bien faltas en nuestra capacidad de prevención, de previsión de los daños que pueden ocurrir. Los niños son niños y debemos estar siempre vigilantes.
Los ahogamientos son un tipo de eventos perfectamente evitables y que cuando ocurren suponen una auténtica tragedia por ser, precisamente, prevenibles. (*)
Hoy os entresaco la leyenda de un milagro que he conocido en mi viaje reciente a Salamanca. Allí se venera a San Juan de Sahagún (*), patrón de la ciudad. Se trata de rescate de un niño caído en un pozo. El final fue feliz, lo que no siempre ocurre. (*)



domingo, 25 de julio de 2021

MUCHACHO TUNDIDO


Hay que ayudar, a no dudarlo, a la infancia y a todos los menesterosos. Es un deber moral y ético, que traspasaba el actuar del valeroso caballero Don Quijote de la Mancha. Pero en ocasiones, si antes de actuar no se medita atentamente en el proceder, en el método a desarrollar, las consecuencias pueden llegar a ser peores. Hoy os ofrezco un texto largo pero precioso en el que Alonso Quijano por mor de ayudar a un muchacho azotado empeora su estado y solo logra mayor escarnio sobre la víctima.



CAPÍTULO IIII
De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando
salió de la venta

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:

—Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que ha menester mi favor y ayuda.

Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían, y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía:

—La lengua queda y los ojos listos.

Y el muchacho respondía:

—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.

Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

—Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza —que también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua—, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.

El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.

—¿«Miente» delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.

El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho —y aún no había jurado nada—, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.

- Bien está todo eso —replicó don Quijote—, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado, que, si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo, y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que por esta parte no os debe nada.

- El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

—¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—. Mas ¡mal año! No, señor, ni por pienso, porque en viéndose solo me desuelle como a un San Bartolomé.

—No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga

—Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero, ni ha recebido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

—Importa poco eso —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.

—Así es verdad —dijo Andrés—, pero este mi amo ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

—No niego, hermano Andrés —respondió el labrador—, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.

—Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—: dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole:

—Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel desfacedor de agravios me dejó mandado.

—Eso juro yo —dijo Andrés—, y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva, que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!

—También lo juro yo —dijo el labrador—, pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la paga.

Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.

—Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al desfacedor de agravios: veréis cómo no desface aqueste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.

Pero al fin le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas46. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

lunes, 19 de julio de 2021

CERCO Y HAMBRE. CERCO AL HAMBRE


Todavía hoy, en el siglo XXI el hambre y la malnutrición infantil son una lacra de la humanidad, pues según la OMS cincuenta y dos millones de niños menores de cinco años sufren de emaciación. (*) Las guerras son responsables en buena parte de este problema y como no puede ser de otra manera, la literatura clásica lo ha destacado patéticamente.

Veámos hoy este fragmento de la mejor tragedia prelopista que ha dado España, La Numancia, de Don Miguel de Cervantes Saavedra.


Madre.

¿Qué mamas, triste criatura?

¿No sientes que, a mi despecho,

sacas ya del flaco pecho, 

por leche, la sangre pura?

Lleva la carne a pedaços

y procura de artarte,

que no pueden ya llevarte

mis flacos, cansados braços.








sábado, 17 de julio de 2021

EXPULSADOS: HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS.



La historia del mundo está llena de expulsiones, de poblaciones forzadas a emigrar, a dejar atrás su nación. Aún en el siglo XX y XXI sigue ocurriendo: Libia, Siria, los Balcanes, etc. Tenemos a Eneas con Ascanio abandonando Troya caída. En la historia española son conocidas las expulsiones de los judíos y los moriscos (*). Toda Europa expulsaba gentes (Francia, Inglaterra, Holanda) antes que lo hiciera España. Y sin duda en cualquiera de estos forzados movimientos de población los niños son víctimas propiciatorias, con su educación y sus juegos cortados de raíz.
Hoy os traigo un fragmento de la tragedia Isabela (*), del zaragozano Lupercio Leonardo de Argensola(*). En ella el autor plantea una trama que es la imagen especular de lo que ocurrió con la expulsión de los moriscos. Aquí, Argensola plantea una fábula en la que los cristianos van a ser eliminados del reino musulmán de Zaragoza. Sin duda el tema de su España, de su momento histórico, lo mostró dándole la vuelta.




"Tú con esto no quieras, Isabela, declararte: 
aserena por Dios el claro gesto, 
que vienen nuestros padres á buscarte, 
y los demás cristianos desdichados, 
al preciso destierro condenados. Tenemos nuestra casa rodeada, 
y dentro que no cabe toda llena de la devota gente bautizada, 
a quien el Rey sin ocasión condena. 
Oye la ronca voz desentonada, 
que formada de tantas así suena: 
escucha por ventura si conoces de tus padres 
también las tristes voces. 
Un lloroso tropel de viejos canos, 
á quien muchas mujeres van siguiendo, 
hiere con triste son los aires vanos, 
á Dios perdón, y á ti piedad pidiendo. 
Estos llevan los niños de las manos, 
aquéllas á los pechos, 
reprimiendo las inocentes voces, 
que con lloro muestran también temor del fiero moro."





domingo, 11 de julio de 2021

RCP PEDIÁTRICA EN EL SIGLO XVI

 



¿Quién negará que la RCP en adultos y en niños ha salvado y  salvará a miles de niños si se aplica a tiempo y en la forma precisa? Hoy disponemos de ciencia contrastada, de medios y de formación cada vez más extendida en la población. Pero como toda ciencia, como toda técnica humana tiene una historia, no nace de la nada. Hoy traigo una típica historia renacentista de un poema épico que también es una novela bizantina en la que se describe la que parece la descripción somera de la reanimación de un niño de un año que arriba a una orilla para ser criado por un bondadoso anciano. La encontramos en el poema épico poco conocido El Monserrate de Cristobal de Virués (*) (**), dramaturgo valenciano de los siglos XVI - XVII. La voz que escucharemos, nos llega desde 1609, y es la del niño salvado de entre las aguas.


Canto IV, 435-480

En una de las quales (islas) retirado

Vivía un hombre santa y dulcemente,

A quien fuí yo del mar por hijo dado,

Siéndome el cielo próspero y clemente:

Oirás, Señor, un caso señalado,

Reveládome a mí por el prudente

Viejo que me crió de la manera

Que si su verdadero hijo fuera.

Contábame que, estando atento un día

Mirando como el mar bravo y furioso,

Con un levante que le revolvía

Con porfiado soplo y riguroso,

Sus altas olas con furor rompía

En su preciso límite arenoso,

Atronando la playa, que alterada

Estaba, negra, triste, y despoblada;

Vió llegar fluctuando a la ribera,

Allí muy cerca de donde él estaba,

Una ancha y hermosísima venéra,

Que por cosa admirable celebraba:

La qual, como si alguno la rigiera

En el rigor de la tormenta brava,

Los golpes de las olas esquivando

Del bravo mar, la tierra iba ganando.

Y al fin llegada, y puesta en salvamento,

Donde al soberbio mar la tierra enfrena,

Un niño echó con admirable tiento

Fuera del agua en la mojada arena;

Y luego del refluxo y mar violento

Sorbida fué, de arena y agua llena,

Quedando yo, que el niño era, tendido,

Sin pulso, sin aliento, y sin sentido.

El viejo, que mirando atentamente

Estuvo siempre aquella maravilla,

Con presurosos pasos diligente

A ver lo que era yo llega a la orilla;

Y visto, me levanta, y con ardiente

Zelo de caridad a su casilla

Me lleva, y con remedios principales

Vuélveme los espíritus vitales.

Tenía yo de edad un año, quando

Fuí por este camino así admirable

A ser hijo del viejo venerando,

En cristiandad, y en discrecion notable:

El qual, como estuviese vacilando,

Con discurso confuso y variable,

Acerca de mi nombre y nacimiento,

Y de aquel prodigioso acaecimiento;

Sucedió que, quitándome el vestido

Del tempestuoso mar todo mojado,

En un pequeño reliquiario asido

Un cordon, y con fuerza desatado,

Fué causa que se abriese; y de escondido

Manifiesto quedó un papel doblado,

Que era una oración hecha en mi ruego,

De quien mi nombre supo el viejo luego.

Supo que Juan Garín mi nombre era,

Y así me llamó siempre el sabio anciano;

Crióme allí desde esta edad primera

Hasta seis años con su industria y mano:

Al cabo de los quales la ribera

Del mar dexó, la isla, el rio, y llano,

Y subióse conmigo á Monserrate,

De cuyo asiento gustarás que trate.