domingo, 17 de octubre de 2021

EL ADOLESCENTE QUE FUIMOS...



Que dé un paso al frente quien no fuera un adolescente enamorado, que se atreva a negar esas horas de espera en la calle para verla, para sorprender una mirada, para hacerse el encontradizo, para rozar una mano, para robar el primer beso.

Son los pasos, o al menos lo eran en el siglo pasado, de los inicios en los placeres venusinos. Hoy no sé como es la liturgia con iPhone y níveos auriculares.

Y para muestra un romántico, dos días en un diario de enero de 1852 de un jovencísimo Gustavo Adolfo Bécquer que Dámaso Alonso transcribe en su obra Del siglo de oro a este siglo de siglas (1968).


Miércoles 25

Todavía no he desechado su imagen y recuerdo de mi memoria; muy al contrario, estas ideas, estos pensamientos se amontonan toman cada día más fuerza; todo el día he deseado que lleg[u]e el anochecer. Cuando se espera, los días son siglos; las horas, años. He pasado por su casa, y aunque la puerta de la calle seguía cerrada, sin embargo en los balcones y ventanas las puertas de madera estaban abiertas, aunque echadas las cortinas. Al fin da la casa muestras de estar habitada, ya se oye por dentro algún ruido, he visto atravesar un criado y se nota algún movimiento; no hay duda: ella debe estar ahí, la casa parece animada de una nueva vida, aunque las cortinas que estuvieran echadas no se levantan ni dan señal de que nadie se sienta detrás de ellas. Es cosa particular: ¿esta joven no le agrada conocer a las otras, el bullicio, el amor, los balcones, y todas aquellas cosas propias de la juventud? ¿o qué casa es esta en donde nadie parece, en donde sólo de vez en cuando se ve algún criado, sin que nunca aparezcan los señores? 

Volveremos mañana.


Jueves 26

El asunto no se [h]a presentado hoy muy mal y cada día se adelanta alguna cosa. Bien poco a poco es, pero al fin hay con qué dar pábulo a la esperanza. Hoy he pasado. La puerta estaba abierta, y en la ventana de la derecha se notaba la cortina levantada como si alguna persona estuviera mirando; ya era bastante entrada la noche, por lo cual no pude distinguir quién era, por lo cual me paré en la esquina mirando hacia arriba; pero a poco la cortina cayó como si se retiraran de la ventana. No por eso me retiré, sino que seguí mirando y vi que poco a poco se levantaba la cortina del balcón para mirar hacia mí y a poco rato volvió a caer, oyéndose un ruido de puertas y cerrojos, como si cerraran las ventanas y balcones.

Yo entonces me retiré afectado de diferentes pensamientos y diciendo: si la que se asomó era ella, ya ha reparado en mí y habrá conocido que soy el mismo del verano pasado. ¿Pero si era ella, y lo conoció, a qué cerrar con tanta prontitud las puertas? Tal vez seria su padre, que también se acordara del verano, y por eso cerró con tanta presteza. En fin, volveremos mañana, levantaremos otro pliegue a la misteriosa cortina que encubre este asunto.



2 comentarios:

  1. Parece haber cierta incoherencia entre la impaciencia de la juventud y la capacidad para buscar o esperar largo tiempo para hacerse el encontradizo. Quizás en el fondo es el mismo impulso: el deseo de algo permite tanto correr como permanecer quieto, perseguir como acechar.

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  2. Acertada observación. El tiempo elástico de Bergson.

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